El legado de María Luisa
Historia
La idea de esta aplicación no nace en un laboratorio de software, sino en las sobremesas interminables de los veranos en Abiego, el pueblo natal de mi padre, Javier. Situado a los pies de la Sierra de Guara, en el corazón del Somontano aragonés —una comarca repleta de historia y tradición—, este rincón ocupa un lugar sagrado en mi memoria. Mis tíos Miguel y María Luisa vivían en Zaragoza, pero cuando llegaba el verano toda la familia nos reuníamos allí. El chalet de pisos independientes del pueblo era un mundo propio: tres hermanos —mis tíos Miguel y Pepito, este último llegado desde Barcelona, y mi padre— con sus respectivas familias, cada uno en su planta pero bajo un mismo techo, lo que hacía que el tiempo libre fuese siempre tiempo en común.

Había un ritual que se repetía con una puntualidad casi cómica. Mi tío Miguel esperaba, literalmente, a que termináramos de comer. En cuanto escuchaba el silencio de los últimos cubiertos, aparecía en nuestra puerta para la sobremesa. Mi tía María Luisa traía el café, lo servía con calma y entonces, con una naturalidad perfecta, preguntaba: «¿Un Ferrocarril?». Si la respuesta era sí —y casi siempre lo era—, desaparecía un momento y volvía con su juego de dos barajas de póker español guardadas en una funda de cuero y su tapete verde. Lo extendía sobre la mesa, barajaba las cartas y el salón se transformaba en otra cosa.
Muchos conocerán el Continental clásico, ese juego de la familia del Rummy popular por su dinamismo. Sin embargo, en nuestra familia nunca jugamos al Continental común. Lo que nosotros heredamos fue una obra de arte de la ingeniería lúdica, una variante perfeccionada minuciosamente por mi tía, María Luisa Marín.

| Continental tradicional | El Ferrocarril (María Luisa) |
|---|---|
| Compras ilimitadas y azarosas | 10 compras totales (gestión de recursos) |
| Salida inmediata (pura suerte) | Fase de apertura (equidad para todos) |
| Cierre anárquico a 0 cartas | Cierre obligatorio con descarte a 1 carta |
La perfección de una variante
María Luisa no se conformó con las reglas comerciales del Continental; ella detectó sus fisuras y las corrigió. El juego tradicional dependía en exceso del azar: si tenías la fortuna de recibir una mano perfecta, podías salir y cerrar en el primer turno, dejando al resto de la mesa sin margen de reacción. Para evitar esta injusticia, mi tía introdujo la Fase de Apertura: nadie podía Salir hasta que todos los jugadores hubieran completado al menos un turno completo de juego. La suerte se supeditaba, por fin, a la paciencia.
Pero su verdadera genialidad estratégica radicó en el Sistema de Compras. En el Ferrocarril, las compras no son infinitas ni informales; cada jugador dispone de exactamente diez fichas de compra para las siete rondas. Esta restricción convirtió un pasatiempo relajado en un ajedrez de gestión de recursos. ¿Valía la pena gastar una valiosa compra en la Ronda 1 por un simple trío, o era mejor reservarla para la temible séptima ronda de la Escalera?
A esto se sumaba lo que siempre llamamos «la estrategia de María Luisa»: aguantar con todas las cartas en la mano, calculando en silencio, para Salir y Cerrar la ronda en un único y devastador movimiento. Era una jugada de alto riesgo; si otro jugador se te adelantaba, te «pillaba» con la mano cargada de puntos. Ver la cara de satisfacción de mi tía cuando lograba cerrar la ronda boca abajo, dejando a los demás con cientos de puntos en sus manos, es un recuerdo imborrable para todos los que nos sentamos a su mesa.
El árbitro de la mesa
Mientras las cartas volaban, mi tío Miguel ejercía de árbitro, cronista y memoria colectiva de la partida. Él siempre llevaba el control: anotaba los puntos de cada ronda y vigilaba con ojo clínico el contador de compras de cada jugador. Lo hacía en un cuaderno con una cuadrícula dibujada a mano —columna por columna, jugador por jugador—, una tarea que le podía llevar tranquilamente entre cinco y diez minutos al inicio de cada partida y que realizaba con una meticulosidad que hacía reír a todos. Cuando alguien llegaba a la quinta compra, mi tío levantaba la vista, cogía el bolígrafo y lo anotaba con una solemnidad fingida: «¡Raya larga!». Ese mismo sistema de rayas está integrado hoy en la aplicación —puedes ver la cuadrícula de compras en la pantalla de juego.
Una tradición que debe perdurar
Con los años, el Ferrocarril se convirtió en el centro de gravedad de nuestros veranos. Daba igual la distancia o el invierno; regresar a Abiego significaba volver a escuchar esa pregunta. A través de sus reglas, de la obligatoriedad de dejar siempre una carta para descartar al cerrar y de la ingeniosa regla del «grupo de 9» para bloquear definitivamente un comodín, mi tía nos enseñó a competir con elegancia, a pensar a largo plazo y, sobre todo, a compartir.
«¿Un Ferrocarril?» — y con esa pregunta, una tarde cualquiera se convertía en un recuerdo para siempre.
Ninguno de mis tíos vive ya. El dolor de su ausencia es real y permanente, pero los lazos que tejieron alrededor de aquella funda de cuero y ese tapete verde siguen intactos. Esta aplicación nace del deseo de que su legado no se pierda. Es un homenaje a su memoria, una forma de mantener vivo el eco de aquellas tardes en el Somontano y una herramienta para que las futuras generaciones de la familia —y cualquiera que descubra esta web— puedan seguir disfrutando de su maravillosa creación.
Dondequiera que estéis, estoy seguro de que nos miráis con una sonrisa, esperando a ver quién es el audaz que se atreve a intentar la estrategia de la tía hoy. Va por vosotros.